ANÁLISIS DEL HOMBRE MÁS RICO DE BABILONIA, CAPS. 4,5,6
Capítulo 4
La diosa de la fortuna
Todos las personas desean tener suerte, y ese deseo existía tanto en el corazón de los individuos de
hace cuatro mil años como en los de nuestros días. Todos esperamos la gracia de la caprichosa diosa
de la fortuna.
¿Hay algún modo de atraer la suerte?
Esto es precisamente lo que los habitantes de la antigua Babilonia querían saber y lo que decidieron
descubrir.
En esa época no habían escuelas. Sin embargo si había un centro de aprendizaje muy práctico. Este centro tenía mucha importancia, se llamaba el Templo del Conocimiento, en el profesores voluntarios explicaban la sabiduría, uno de los hombres que frecuentaban el Templo del Conocimiento era Arkad, hombre sabio y
opulento del que se decía que era el más rico de Babilonia.
¿De qué vamos a hablar esta tarde? preguntó Arkad.
Tras una breve indecisión, un hombre altor, un tejedor, se levantó, como era costumbre, y le dirigió
la palabra.
-Me gustaría escuchar algunas opiniones sobre un asunto; sin embargo, no sé si formularlo porque
temo que os pueda parecer ridículo, y a vosotros también, mis queridos amigos
-apremiado por Arkad y los demás, continuó-. Hoy he tenido suerte, ya que he encontrado una bolsa
que contenía unas monedas de oro. Me gustaría mucho seguir teniendo suerte y como creo que todos los hombres comparten conmigo este deseo, sugiero que hablemos ahora sobre cómo atraer la suerte
para que, de ese modo, podamos descubrir las formas que podemos ,emplear para seducirla.
Un tema realmente interesante --comentó Arkad-. Un tema muy válido. Para algunos, la suerte sólo
llega por casualidad, como un accidente, y puede caer sobre alguien por azar. Otros creen que la
creadora de la buena suerte es la benévola diosa Ishtar, siempre deseosa de recompensar a sus
elegidos por medio de generosos presentes. ¿Qué decís vosotros, amigos? ¿Debemos intentar
descubrir los medios de atraer la suerte y que seamos nosotros los afortunados?
Sí, sí contestaron todos.
Arkad les preguntaba, si alguien había tenido experiencias parecidas al tejedor.
Y nadie respondió.
-¡Qué! ¿Nadie? -dijo Arkad-. Entonces debe de ser realmente raro tener esa suerte. ¿Quién quiere
hacer ruta sugerencia sobre cómo continuar con nuestra investigación?
-Yo contestó un hombre joven y bien vestido mientras se levantaba-. Cuando un hombre habla de
suelte, ¿no es normal que piense en las salas de juego? ¿No es precisamente en esos lugares donde
encontramos a hombres que pretenden los favores de la diosa y esperan que los bendiga para recibir
grandes sumas de dinero?
Dinos si la diosa
te ha ayudado en las salas de juego. ¿Ha hecho que en los dados aparezca el rojo para que llenes tu
bolsa, o ha permitido que salga la cara azul para que el crupier recoja tus monedas que tanto te ha
costado ganar?
No me importa admitir que ella no pareció darse cuenta de que yo estaba allí -contestó el joven
sumándose a las risas de los demás-. ¿Y vos? ¿La encontrasteis esperando para hacer que los dados
rodasen a vuestro favor? Estamos deseosos de escuchar y de aprender.
-Un buen principio -interrumpió Arkad-. Estamos aquí para examinar todos los aspectos de cada
cuestión. Ignorar las salas de juego sería como olvidar un instinto común en casi todos los hombres:
la tentación de arriesgar una pequeña cantidad de dinero esperando conseguir mucho.
-Eso me recuerda las carreras de caballos de ayer -gritó uno de los asistentes-. Si la diosa frecuenta
las salas de juego, seguramente no dejará de lado las carreras, con esos carros dorados y caballos
espumadores. Es un gran espectáculo. Decidnos sinceramente, Arkad, ¿ayer la diosa no os murmuró
que apostarais a los caballos grises de Nínive? Yo estaba justo detrás te vos, y no daba crédito a mis
oídos cuando os escuché apostar a los grises. Sabéis tan bien como nosotros que no existe ningún
tronco en toda Asiría capaz de llegar antes a la meta que nuestras queridas yeguas en una carrera
honesta.
¿Acaso la diosa os dijo al oído que apostarais a los grises porque en la última curva el caballo negro
del interior tropezaría y, de ese modo, molestaría a nuestras yeguas y provocaría que los grises
ganaran la carrera y consiguieran una victoria que no habían merecido?
Arkad decía: No la busco en las salas de juego ni en las carreras
donde se pierde más oro del que se gana, sino en otros lugares donde las acciones de los hombres
son más valerosas y merecen recibir una recompensa.
Al cultivador, al honrado comerciante, a los hombres de cualquier ocupación se les presentan
ocasiones para sacar provecho tras el esfuerzo y las transacciones realizadas. Quizás el hombre no
siempre reciba una recompensa, porque su juicio no sea el más adecuado o porque el tiempo y el
viento a veces hacen fracasar los esfuerzos. Pero si es persistente, normalmente puede esperar
realizar un beneficio, pues tendrá mayores posibilidades de que el beneficio vaya hacia él.
Si un hombre arriesga en el juego, lo que ocurre es que el que siempre va a ganar es el propietario del lugar. El juego esta hecho para eso, los hombres no son conscientes de que sus
posibilidades son inciertas, mientras que los beneficios del propietario están garantizados.
Pero a veces hay hombres que ganan grandes sumas -dijo de forma espontánea uno de los
asistentes.
-Es cierto, eso ocurre -continuó Arkad-. Me doy cuenta de ello, y me pregunto si el dinero que se
gana de este modo aporta beneficios permanentes a los que la fortuna les sonríe de esta manera.
Conozco a muchos hombres de Babilonia que han triunfado en los negocios, pero soy incapaz de
nombrar a uno sólo que haya triunfado recurriendo a esa fuente.
Vosotros que esta tarde estáis reunidos aquí conocéis a muchos ciudadanos ricos. Sería interesante
saber cuántos han conseguido su fortuna en las salas de juego. ¿Qué os-parece si cada uno dice lo
que sabe?
Se hizo un largo silencio.
-¿Se incluye a los dueños de las casas de juego? -aventuró uno de los presentes.
-Si no podéis pensar en nadie más -respondió Arkad-, si no se os ocurre ningún nombre, ¿por qué no
habláis de vosotros mismos? ¿Hay alguno entre vosotros que gane regularmente en las apuestas y
dude en aconsejar esta fuente de beneficios?
-Parece que nosotros no buscamos la suerte en estos lugares cuando la diosa los frecuenta -continuó-
. Entonces exploremos otros lugares. Tampoco hemos encontrada sacos de monedas perdidos ni
hemos visto la diosa en las salas de juego. En cuanto a las carreras, debo confesaros que he perdido
mucho más dinero del que he ganado.
Ahora, analicemos detalladamente nuestras profesiones y nuestros negocios. ¿Acaso no es normal
que cuando hacemos un buen negocio, no lo consideramos como algo fortuito, sino como la justa
recompensa a nuestros esfuerzos? A veces pienso que ignoramos los presentes de la diosa. Quizá nos
ayuda cuando no apreciamos su generosidad. ¿Quién puede hablar del tema?
Dicho esto, un comerciante entrado en años se levantó alisando sus blancas vestimentas.
-Con vuestro permiso, honorable Arkad y mis queridos amigos, quiero haceros una sugerencia. Si,
como habéis dicho, nosotros atribuimos nuestros éxitos profesionales a nuestra habilidad, a nuestra
propia aplicación, ¿por qué no considerar los éxitos que casi hemos tenido, pero que se nos han
escapado, como eventos que habrían sido muy provechosos? Habrían sido raros ejemplos de fortuna
si se hubieran realizado. No podemos considerarlos como recompensas justas, porque no se han
cumplido. Probablemente aquí hay hombres que pueden contar este tipo de experiencias.
-Esta es una reflexión sabia -comentó Arkad-. ¿Quién de entre vosotros ha tenido la fortuna al
alcance de la mano y la ha visto esfumarse de inmediato? Se alzaron varias manos; entre ellas, la del
comerciante. Arkad le hizo un ademán para que hablara.
Hace varios años, cuando era joven, recién casado y empezaba a ganarme bien la vida, mi padre vino
a verme y me indicó que tenía que hacer una inversión urgentemente. El hijo de uno de sus buenos
amigos había descubierto una zona de tierra árida no lejos de las murallas de nuestra ciudad. Estaba
situada sobre el canal donde el agua no llegaba.
El hijo del amigo de mi padre ideó un plan para comprar esta tierra y construir en ella tres grandes
ruedas que, accionadas por unos bueyes, consiguieran traer agua y dar vida al suelo infértil. Una vez
realizado esto, planificó dividir la tierra y vender las partes a los ciudadanos para hacer jardines.
El hijo del amigo de mi padre no poseía suficiente oro para llevar a cabo tal empresa. Era un hombre
joven que ganaba un buen sueldo, como yo. Su padre, como el mío, era un hombre que dirigía una
gran familia y con pocos medios. Por eso, decidió que un grupo de hombres se -interesarán por su
empresa. El grupo debía estar formado por doce personas con buenas ganancias y que decidieran
invertir la décima parte de sus beneficios en el negocio hasta que la tierra estuviera lista para su
venta. Entonces, todos compartirían de forma equitativa los beneficios según la inversión que
hubieran realizado.
-Hijo mío -me dijo mi padre-, ahora eres un hombre joven. Deseo profundamente que empieces a
hacer adquisiciones que te permitan un cierto bienestar y el respeto de los demás. Deseo que puedas
sacar provecho de mis errores pasados.
-Eso me gustaría mucho, padre contesté.
Entonces su padre le decía que guardara la décima parte de sus beneficios para hacer inversiones.
También le dijo esto-Se te presenta una oportunidad única, hijo mío. Es una oportunidad que puede hacerte rico. Te lo
suplico, no tardes. Ve a ver mañana al hijo de mi amigo y cierra con él el trato de invertir en ese
negocio el diez por ciento de lo que ganas. Ve sin dilación antes de que pierdas esta oportunidad que
hoy tienes a tu alcance y pronto desaparecerá. No esperes.
-Se te presenta una oportunidad única, hijo mío. Es una oportunidad que puede hacerte rico. Te lo
suplico, no tardes. Ve a ver mañana al hijo de mi amigo y cierra con él el trato de invertir en ese
negocio el diez por ciento de lo que ganas. Ve sin dilación antes de que pierdas esta oportunidad que
hoy tienes a tu alcance y pronto desaparecerá. No esperes.
A pesar de la opinión de mi padre, dudé. Los mercaderes del Este acababan de traer ropa de tal
riqueza y belleza que mi mujer y yo ya habíamos decidido que compraríamos al menos una pieza
para cada uno. Si hubiera aceptado invertir la décima parte de mis ganancias en esa empresa,
hubiéramos tenido que privarnos de esas vestimentas y de otros placeres que deseábamos. No quise
pronunciarme hasta que fuera demasiado tarde; fue una mala idea. La empresa resultó más
fructífera de lo que se hubiera podido predecir. Esta es mi historia y muestra cómo permití que la
fortuna se me escapara.
Si nuestro amigo comerciante hubiera dado este primer paso de joven, cuando se le presentó la
ocasión, ahora poseería grandes riquezas. Si la suerte de nuestro amigo tejedor le hubiera
determinado a dar ese paso por aquel entonces, probablemente ese hubiera sido el primer paso de
una suerte mayor.
Contemporizador -gritó uno de los asistentes.
-Eso es -afirmó el sirio, mientras agitaba las manos visiblemente excitado-. No acepta la ocasión
cuando se presenta. Espera. Dice que está muy ocupado. Hasta la próxima, ya te volveré a ver... La
ocasión no espera a la gente tan lenta, ya que piensa que si un hombre desea tener suerte,
reaccionará con rapidez. Los hombres fue no reaccionan con celeridad cuando se presenta la ocasión
son grandes contemporizadores, como nuestro migo comerciante.
Y ahora escuchemos otra historia. ¿Quién tiene otra experiencia que contar? -preguntó Arkad.
-Yo tengo una contestó un hombre de mediana edad, vestido con una túnica roja-. Soy comprador de
animales, sobre todo de camellos y caballos. Algunas veces, compro también ovejas y cabras. La
historia que voy a contaros muestra cómo la fortuna vino en el momento que menos la esperaba.
Quizá sea por eso que la dejé escapar. Podréis sacar vuestras propias conclusiones cuando os lo
cuente.
Al volver a la ciudad una tarde, tras un viaje agotador de diez días en busca de camellos, me molestó
mucho encontrar las puertas de la ciudad cerradas al cal y canto. Mientras mis esclavos montaban
nuestra tienda para pasar la noche que preveíamos escasa en comida y agua, un viejo granjero que,
como nosotros, se encontraba retenido en el exterior se acercó.
Honorable señor, dijo al dirigirse a mí, parecéis un comprador de ganado. Si es así, me gustaría
venderos el excelente rebaño de ovejas que traemos. Por desgracia, mi mujer está muy enferma,
tiene fiebre y tengo que volver rápidamente a mi hogar. Si me compráis las ovejas, mis esclavos y yo
podremos hacer el viaje de vuelta sobre los camellos sin perder más tiempo.
Estaba tan oscuro que no podía ver su rebaño, pero por los balidos supe que era grande.
Estaba
contento de hacer un negocio con él, ya que había perdido diez días buscando camellos que no había
podido encontrar. Me pidió un precio muy razonable porque estaba ansioso. Acepté, pues sabía que
mis esclavos podrían franquear las puertas de la ciudad con el rebaño por la mañana, venderlo, y
conseguir buenos beneficios
Una vez cerrado el trato, llamé a mis esclavos y les ordené que trajeran antorchas para poder ver el
rebaño que, según el granjero estaba compuesto de novecientas ovejas. No quiero aburriros
describiendo las dificultades que tuvimos para intentar contar a unas ovejas tan sedientas, cansadas
y agitadas. La tarea parecía imposible. Entonces, informé al granjero que las contaría a la luz del día
y le pagaría en ese momento.
“Por favor, honorable señor, rogó el granjero. Pagadme sólo las dos terceras partes del precio esta
noche, para que pueda ponerme en marcha. Dejaré-a, mi esclavo más inteligente e instruido para
que os ayude a contar las ovejas por la mañana. Es de fiar, os podrá pagar el saldo.”
Pero yo era testarudo y rechacé efectuar el pago esa noche. A la mañana siguiente, antes de que me
despertara, las puertas de la ciudad se abrieron y cuatro compradores de rebaños se lanzaron a la
búsqueda de ovejas. Estaban impacientes y aceptaron de buen grado pagar el elevado precio porque
la ciudad estaba sitiada y escaseaba la comida. El viejo granjero recibió casi el triple del precio que a
mí me había ofrecido por su ganado. Era una rara oportunidad que dejé escapar.
-Esta es una historia extraordinaria --comentó Arkad-. ¿Qué os sugiere?
Que hay que pagar inmediatamente cuando estamos convencidos de que nuestro negocio es bueno -
sugirió un venerable fabricante de sillas de montar-. Si el negocio es bueno, tenéis que protegeros
tanto de vuestra propia debilidad como de cualquier hombre. Nosotros, mortales, somos cambiantes.
Y, por desgracia, solemos cambiar de idea con mayor facilidad cuando tenemos razón que cuando
nos equivocamos, que es sin duda cuando más testarudos nos mostramos. Cuando tenemos razón,
tendemos a vacilar y a dejar que la ocasión se escape. Mi primera idea siempre es la mejor. Sin
embargo, siempre me cuesta forzarme a hacer deprisa y corriendo un negocio una vez que lo he
decidido. Entonces, para protegerme de mi propia debilidad, doy un depósito al instante. Esto me
impide que más tarde me arrepienta de haber dejado escapar buenas ocasiones.
La suerte se ha alejado del
contemporizador en las dos ocasiones. Pero eso no es nada extraordinario. Todos los hombres tienen
la manía de dejar las cosas para más tarde. Deseamos riquezas, pero ¿cuántas veces, cuando se
presenta la ocasión, esa manía de contemporizar nos incita a retrasar nuestra decisión?
El enemigo se puede controlar fácilmente una vez se le reconoce. Ningún hombre
permite de forma voluntaria que un ladrón le robe sus reservas de grano. Como tampoco ningún
hombre permite de buen grado que un enemigo le robe la clientela para su propio beneficio. Cuando
un día comprendí que la contemporización era mi peor enemigo, la vencí con determinación. De este
modo, todos los hombres deben dominar su tendencia a contemporizar antes de poder pensar en
compartir los ricos tesoros de Babilonia.
¿Qué opina usted, Arkad? Usted es el hombre más rico de Babilonia y muchos sostienen que también
es el mis afortunado. ¿Está de acuerdo conmigo en que ningún hombre puede conseguir un éxito
completo mientras no haya liquidado por completo su manía de contemporizar?
Eso es cierto -admitió Arkad-. Durante mi larga vida, he conocido a hombres que han recorrido las
largas avenidas de la ciencia y de los conocimientos que llevan el éxito en la vida. A todos se les han
presentado buenas ocasiones. Algunos las aprovecharon de inmediato y pudieron, de este modo,
satisfacer sus más profundos deseas; pero muchos dudaron y se echaron atrás.
Arkad se giró hacia el tejedor.
-Ya que has sido tú el que nos has sugerido un debate sobre la suerte, dinos lo que opinas a ese
respecto.
Veo la suerte bajo un nuevo prisma. Creía que era algo deseable que pudiera llegar a cualquier
hombre sin que éste realizara esfuerzo alguno. Ahora, soy consciente de que no se trata de un
acontecimiento que uno puede provocar. He aprendido, gracias a nuestra discusión, que para atraer
la suerte, es preciso aprovechar de inmediato las ocasiones que se presentan. Por eso, en el futuro,
me esforzaré en sacar el máximo partido posible de las ocasiones que se me presenten.
Respondió
Arkad-. La suerte toma a menudo la forma de una oportunidad, pero pocas veces nos viene de otro
modo. Nuestro amigo comerciante habría tenido mucha suerte si hubiera aceptado la ocasión que la
diosa le brindaba. Nuestro amigo comprador, también habría podido aprovechar su suerte si hubiera completado la compra del rebaño y lo habría vendido consiguiendo un gran beneficio.
Hemos seguido con esta discusión para descubrir los medios necesarios para que la suerte nos
sonría. Creo que vamos bien encaminados. En las dos historias hemos visto cómo la suerte toma la
forma de una oportunidad. De todo esto se desprende la verdad, verdad que por muchas historias
parecidas que contáramos no cambiaría: la suerte puede sonreíros si aprovecháis las ocasiones que
se presentan.
Comentario personal acerca de la SUERTE:
La Suerte no la encontramos muy fácilmente en los juegos ni apostando en una carrera, en esos lugares tenemos muy pocas posibilidades de ganar más de lo que apostamos, pues aquí se beneficia siempre el dueño de esos lugares.
Para mí la SUERTE se nos puede presentar en cualquier momento de nuestra vida, y está se presentara nada más una de vez en tu vida y se irá velozmente si no la aprovechamos, la podemos ver en un negocio como por ejemplo: cuando el comprador de ovejas tuvo esa oportunidad de comprar ese rebaño pero decidió esperar, y cuando llego de nuevo al lugar ya las habían vendido, muchas veces nos pasa lo mismo en nuestra vida, por miedo de que ese negocio no funcione, tomamos la decisión de no aceptarlo, pero no nos damos cuenta de que ese negocio podría ser esa oportunidad de hacerlos ricos, y cuando recapacitamos de que era bueno, esa oportunidad de ah escapado de nuestras manos.
Así que mi opinión respecto a la suerte es que está es cuestión de oportunidades , algunas veces la suerte espera, y le llega al hombre que aprovecha esa oportunidad.
Capítulo 5
Las 5 leyes de oro
-Si pudieras escoger entre un saco lleno de oro y una tablilla de arcilla donde estuvieran grabadas
unas palabras llenas de sabiduría, ¿qué escogerías?
-El oro, el oro -respondieron a coro los veintisiete presentes. El viejo Kalabab, que había previsto
esta respuesta, sonrió.
Los perros de la calle cuando tu les das comida se pelean por ella, y siguen peleándose y pavoneándose, sin preocuparse por el mañana.
Exactamente igual que los hijos de los hombres. Dadles a escoger entre el oro y la sabiduría: ¿qué
hacen? Ignoran la sabiduría y malgastan el oro. Al día siguiente, gimen porque ya no tienen oro.
kalabad: Así que está noche voy a contaros la historia de las cinco leyes del oro, una historia como jamás habéis escuchado
antes.
¡Escuchad, escuchad! Prestad mucha atención a mis palabras para comprender su significado y
tenerlas en cuenta en el futuro si deseáis poseer mucho oro.
-Ya nos has contado varias historias interesantes, Kalabab -dijo en voz alta el jefe de la caravana-. En
ti vemos la sabiduría que nos guiará cuando tengamos que dejar de servirte.
-Os he contado mis aventuras en tierras lejanas y extranjeras, pero esta noche voy a hablaros de la
sabiduría de Arkad, el hombre sabio que es muy rico.
-Hemos oído hablar mucho de él -reconoció el jefe de la caravana-, pues era el hombre más rico que
jamás haya vivido en Babilonia.
-Era el hombre más acaudalado porque usaba el oro con sabiduría, más de lo que cualquier otra
persona lo hizo anteriormente. Esta noche voy a hablaros de su gran sabiduría tal como Nomasir, su
hijo, me habló de ella hace muchos años en Nínive, cuando yo no era más que un joven.
Nomasir me invitó a sentarme con él y nos contó la historia de la gran sabisuría de Arkad, su padre, la misma que voy a contaros.
Como sabéis, según la costumbre de Babilonia, los hijos de los ricos viven con sus padres a la espera
de recibir su herencia. Arkad no aprobaba esta costumbre. Así pues, cuando Nomasir tuvo derecho a
su herencia, le dijo al joven:
“Hijo mío, deseo que heredes mis bienes. Sin embargo, debes demostrar que eres capaz de
administrarlos con sabiduría. Por tanto, quiero que recorras el mundo y que demuestres tu
capacidad de conseguir oro y de hacerte respetar por los hombres.
“Para que empieces con buen pie, te daré dos cosas que yo no tenía cuando empecé; siendo un joven
pobre, a 0tnasar mi fortuna.
“En primer lugar, te doy este saco de oro. Si lo utilizas con sabiduría, construirás las bases de tu
futuro éxito.
“En segundo lugar, te doy esta tablilla de arcilla donde están grabadas las cinco leyes del oro. Sólo
serás eficaz y seguro si las pones en práctica en tus propios actos
“Dentro de diez años, volverás a casa de tu padre y darás cuenta de tus actos. Si has demostrado tu
valor, entonces heredarás mis bienes. De no ser así, los daré a los sacerdotes para que recen por mi
alma y pueda ganar la buena consideración de los dioses.
Así pues, Nomasir partió para vivir sus propias experiencias, llevándose consigo el saco de oro, la
tablilla cuidadosamente envuelta en seda, su esclavo y caballos sobre los que montaron.
Pasado los diez años Nomasir volvió a casa y en una cena se sentó frente a ellos para dar cuenta de sus actos tal como le había prometido a su padre.
“Padre, empezó con deferencia, me inclino ante vuestra sabiduría. Hace diez años, cuando yo me
encontraba en el umbral de la edad adulta, me ordenasteis que partiera y me convirtiera en hombre
entre los hombres, en lugar de seguir siendo el simple candidato a vuestra fortuna.
“Me disteis mucho oro. Me disteis mucha de vuestra sabiduría. Desgraciadamente, debo admitir,
muy a pesar mío, que administré muy mal el oro que me habíais confiado.
Decidí ir a Nínive en busca de una oportunidad. Me uní a una caravana e hice numerosos amigos. Dos hombres, conocidos por
poseer el caballo blanco más hermoso, tan rápido como el viento, formaban parte de la caravana.
“Durante el viaje, me confiaron que en Nínive había un hombre que poseía un caballo tan rápido que
jamás había sido superado en ninguna carrera. Su propietario estaba convencido de que ningún
caballo en vida podía correr más deprisa. Estaba dispuesto a apostar cualquier cantidad, por muy
elevada que fuera, a que su caballo podía superar a cualquier otro caballo en toda Babilonia.
Comparado con su caballo, dijeron mis amigos, no era más que un pobre asno, fácil de ganar.
“Me ofrecieron, como gran favor, la oportunidad de unirme a ellos en la apuesta. Yo estaba
entusiasmado por aquel proyecto tan emocionante.
“Nuestro caballo perdió y yo perdí gran parte de mi upo. más tarde comprendí que era un fraude, y esos hombres eran unos tramposos.
“Los días que siguieron fueron amargos, padre. Busqué trabajo pero no encontré ninguno, pues no
tenía un oficio ni una profesión que me hubieran permitido ganar dinero. Vendí mis caballos. Vendí
a mi esclavo. Vendí mis ropas de recambio para comprar algo que llevarme a la boca y un lugar
donde dormir, pero el hambre se hacía sentir cada vez más.
“En aquel momento me acordé de la tablilla que me habíais dado y en la que habíais grabado las
cinco leyes del oro. Entonces leí con mucha atención vuestras palabras de sabiduría y comprendí que
si primero hubiera buscado la sabiduría, no hubiera perdido todo mi oro. Memoricé todas las leyes y
decidí que cuando la diosa de la fortuna me volviera a sonreír, me dejaría guiar por la sabiduría de la
edad y no por una juventud inexperta
Estas eran:
LAS CINCO LEYES DE ORO
I. El oro acude fácilmente, en cantidades siempre más importantes, al hombre que reserva no menos
de una décima parte de sus ganancias para crear un bien en previsión de su futuro y del de su
familia.
II. El oro trabaja con diligencia y de forma rentable para el poseedor sabio que le encuentra un uso
provechoso, multiplicándose incluso como los rebaños en los campos.
III. El oro permanece bajo la protección del poseedor prudente que lo invierte según los consejos de
hombres sabios.
IV El oro escapa al hombre que invierte sin fin alguno en empresas que no le son familiares o que no
son aprobadas por aquellos que conocen la forma de utilizar el oro.
V. El oro huye del hombre que lo fuerza en ganancias imposibles, que sigue el seductor consejo de
defraudadores y estafadores o que seña de su propia inexperiencia y de sus románticas intenciones
de inversión.
“Estas son las cinco leyes del oro tal como mi padre las escribió. Afirmo que son mucho más valiosas
que el mismo oro, como demuestra la ría.
“Sin embargo, no hay mal que cien años dure. El fin de mis desventuras llegó cuando encontré un
empleo, el de capataz de un grupo de esclavos que trabajaban en la construcción de la nueva muralla
que tenía que rodear la ciudad
“Un día, el jefe de los esclavos, del cual me había hecho bastante amigo, me dijo:
Este es mi plan: varios de nosotros vamos a reunir nuestro oro para enviar una caravana
a las lejanas minas de cobre y de estaño para traer a Nínive el metal necesario para fabricar las
puertas. Cuando el rey ordene que se hagan las puertas, nosotros seremos los únicos que podremos
proporcionar el metal y nos pagará un buen precio. Si el rey no nos compra, siempre podremos
revender el metal a un precio razonable.
“En esta oferta reconocí una oportunidad y, fiel a la tercera ley, invertí mis ahorros siguiendo el
consejo de hombres sabios. Tampoco sufrí decepción alguna... Nuestros fondos comunes fueron un
éxito y mi cantidad de oro aumentó considerablemente gracias a esta transacción.
Gracias ah esos hombre sabios aprendí a invertir mi oro con seguridad para que me produjera beneficios.
“A lo largo de mis desgracias, mis intentos y mis éxitos, he puesto a prueba la sabiduría de las cinco
leyes del oro repetidamente, padre, y éstas se han revelado justas en cada ocasión. Para aquel que no
conoce las cinco leyes del oro, el oro no acude a él y se gasta rápidamente. Pero para aquel que sigue
las cinco leyes, el oro acude a él y trabaja como un fiel esclavo.!
Luego Nomasir le dio la señal a un esclavo, de llevarle los 3 pesados sacos de cuero. o. Nomasir tomó uno de los sacos y lo colocó
en el suelo frente a su padre dirigiéndose a él una vez más:
“Me habíais dado un saco de oro, de oro de Babilonia. Para reemplazarlo, os devuelvo un saco de oro
de Nínive del mismo peso. Todo el mundo estará de acuerdo en que es un intercambio justo.
“Me habíais dado una tablilla de arcilla con sabiduría grabada en ella. A cambio, os doy dos sacos de
oro.
Diciendo esto, tomó los otros dos sacos de manos del esclavo y, como el primero, los colocó delante
de su padre.
“Esto es para demostraron, padre, que considero mucho más valiosa vuestra sabiduría que vuestro
oro. Pero ¿Quién puede medir en sacos de oro el valor de la sabiduría? Sin sabiduría, aquellos que
poseen oro lo pierden rápidamente, pero gracias a la sabiduría, aquellos que no tienen oro pueden
conseguirlo, tal como demuestran estos tres sacos.
Los hombres tienen mucho oro cuando conocen las Cinco leyes del oro y las respetan.
Gracias al hecho de haber aprendido las cinco leyes en mi juventud y de haberlas seguido, me he
convertido en un mercader rico. No he hecho fortuna por una extraña magia.
La primera ley del oro
El oro acude fácilmente, en cantidades siempre más importantes, al hombre que reserva no menos
de una décima parte de sus ganancias para crear un bien en previsión de su futuro y del de su
familia.
El hombre que sólo reserva la décima parte de sus ganancias de forma regular y la invierte con
sabiduría seguramente creará una inversión valiosa que le procurará unos ingresos para el futuro y
una mayor seguridad para su familia si llegara el caso de que los dioses le volvieran a llamar hacia el
mundo de la oscuridad. Esta ley dice que el oro siempre acude libremente a un hombre así.
La segunda ley del oro
El oro trabaja con diligencia y de forma rentable para el poseedor sabio que le encuentra un uso
provechoso, multiplicándose incluso como los rebaños en los campos.
Verdaderamente, el oro es un trabajador voluntarioso. Siempre está impaciente por multiplicarse
cuando se presenta la oportunidad.
La tercera ley del oro
El oro permanece bajo la protección del poseedor prudente que lo invierte según los consejos de
hombres sabios.
El oro se aferra al poseedor prudente, aunque se trate de un poseedor despreocupado. El hombre
que busca la opinión de hombres sabios en la forma de negociar con oro aprende rápidamente a no
arriesgar su tesoro y a preservarlo y verlo aumentar con satisfacción.
La tercera ley del oro
El oro permanece bajo la protección del poseedor prudente que lo invierte según los consejos de
hombres sabios.
El oro se aferra al poseedor prudente, aunque se trate de un poseedor despreocupado. El hombre
que busca la opinión de hombres sabios en la forma de negociar con oro aprende rápidamente a no
arriesgar su tesoro y a preservarlo y verlo aumentar con satisfacción.
La cuarta ley del oro
El oro escapa al hombre que invierte sin fin alguno en empresas que no le son familiares o que no
son aprobadas por aquellos que conocen la forma de utilizar el oro.
Para el hombre que tiene oro pero que no tiene experiencia en los negocios, muchas inversiones
parecen provechosas. A menudo, estas inversiones comportan un riesgo, y los hombres sabios que
las estudian demuestran rápidamente que son muy poco rentables. Así pues, el poseedor de oro
inexperto que se fía de su propio juicio y que invierte en una empresa con la que no está
familiarizado descubre a menudo que su juicio es incorrecto y paga su inexperiencia con parte de su
tesoro. Sabio es aquel que invierte sus tesoros según los consejos de hombres expertos en el arte de
administrar el oro.
La quinta ley del oro
El oro huyó del hombre que lo fuerza en ganancias imposibles, que sigue el seductor consejo de
defraudadores y estafadores o que se fía de su propia inexperiencia y de sus románticas intenciones
de inversión.
El nuevo poseedor de oro siempre se encontrará con proposiciones extravagantes que son tan
emocionantes como la aventura. Éstas dan la impresión de proporcionar unos poderes mágicos a su
tesoro que lo hacen capaz de conseguir ganancias imposibles. Pero, verdaderamente, desconfiad; los
hombres sabios conocen bien las trampas que se esconden detrás de cada plan que pretende
enriquecer de forma repentina
Hasta aquí termina mi historia de las 5 leyes de oro.
Entre vosotros hay hombres que, como Nomasir, utilizarán una parte de su oro para comenzar a
acumular bienes y, por consiguiente, guiados por la sabiduría de Arkad, dentro de diez años, no cabe
la menor duda, serán ricos y respetados por los hombres, como el hijo de Arkad.
La fuerza de vuestros propios deseos contiene un poder mágico. Guiad este poder gracias al
conocimiento de las cinco leyes del oro y tendréis vuestra parte de los tesoros de Babilonia
Leyes que considero mas importantes:
1. PRIMERA LEY: El oro acude fácilmente, en cantidades siempre más importantes, al hombre que reserva no menos de una décima parte de sus ganancias para crear un bien en previsión de su futuro y del de su familia.
Esta ley considero la más importantes, por qué nos dice que nosotros los hombres no tenemos que reservar menos de una décima parte de lo que ganamos, sí queremos tener oro.
El oro va acudir cuando nosotros hayamos ahorrado no menos de la décima parte que hemos ganado, sí nosotros nos gastamos todo nuestro pago y no ahorramos no vamos a tener nada en nuestro futuro, en cambio sí nosotros reservaremos la décima parte de nuestras ganancias de forma regular y la invirtiéramos de una manera sabía y en buenos proyectos esa inversión nos daría buenos ingresos para nuestro futuro. Esta ley es demasiado importante porque el oro que ahorro, me dará más guanacia.
2. TERCERA LEY: El oro permanece bajo la protección del poseedor prudente que lo invierte según los consejos de hombres sabios.
Esta ley la considero importante, porque nos dice qué el oro va a permanecer bajo la protección del poseedor. prudente. Permanecerá sobre aquel que escucha y siempre busca un consejo de una persona mayor o sabia, y aprenderá a no arriesgar su tesoro en cualquier negocio, aprenderá a verlo aumentar con satisfacción
3. QUINTA LEY: El oro huyó del hombre que lo fuerza en ganancias imposibles, que sigue el seductor consejo de defraudadores y estafadores o que se fía de su propia inexperiencia y de sus románticas intenciones de inversión.
Esta ley nos dice que nuestro oro se nos va a escapar si lo forzamos en ganancias imposibles, se nos acabara cuando le hacemos seguimos los consejos de aquellos defraudadores, como el caso de Nomasir, por seguir el consejo de ese amigo, qué le aconsejo aposarle a ese caballo, perdió casi todo su dinero, y pues esta ley es demasiado importante porque nos dice que no nos tenemos que confiar de esas personas. Así que un hombre sabio conocerá las trampas de esas personas, y un sabio es también aquel.
CAPÍTULO 6
EL PRESTAMISTA DE ORO DE BABILONIA
En este capítulo nos narra la historia de Rodan, el hombre que tenía !cincuenta monedas de oro! El fabricante de lanzas de la vieja Babilonia nunca había llevado tanto oro en su bolsa de cuero.
Rodan se dirigió hacía Maton para pedirle un consejo.
Maton no lo podía creer, pues nadie se acercaba hacia él para pedirle un consejo, sino solo lo buscaban para pedirle oro.
Maton lo invitó esa misma noche a comer, pidió extender una alfombra para mi amigo Rodan, el fabricante de oro, ordenó traerle mucha comida y el mejor vino para que se complazca en beber.
Maton le pregunto: Ahora, dime que es lo que te preocupa.
Se trata del regalo del rey.
-¿El regalo del rey? ¿El rey te ha hecho un regalo que te causa problemas? ¿Qué clase de regalo?
-Me dio cincuenta monedas de oro porque le gustó mucho el diseño de las nuevas lanzas de la
guardia real y ahora estoy muy apurado
Mi hermana quiere que le preste el oro para que su marido Araman se pueda convertir en un próspero mercader y después devolverme el dinero con los beneficios.
-Amigo mío prosiguió Maton-. Este asunto que quieres discutir es muy interesante. El oro otorga a
quien lo posee una gran responsabilidad y cambia su posición Social frente a los compañeros.
Despierta el temor a perderlo o a ser engañado. Produce una sensación de poder y permite hacer el
bien. Pero, en otras ocasiones, las buenas intenciones pueden causar problemas.
Maton le contaba una historia, la del granjero que hablaba con sus animales y un día
escucho al buey y al asno, el buey se quejaba porque el pasaba todo el día trabajando y el asno no hacía nada, el asno le aconsejo al buey que al día siguiente se hiciera el enfermo.
Amaneció y el esclavo se dirigió a la granja y le dijo al granjero que el buey estaba enfermo y que no podía arrastrar el arado.
“En este caso, dijo el granjero, unce al asno pues igualmente hay que labrar la tierra.”
Luego anocheció y el granjero se acercó a la granja y escucho al buey, y le dio las gracias por su sabio consejo.
“En cambio yo, replicó el asno, soy un corazón compasivo que empieza por ayudar a un amigo y
termina por hacer su trabajo. A partir de ahora, tú arrastrarás tu propio arado porque he oído que el
amo decía al esclavo que fuera a buscar al carnicero si todavía seguías enfermo. Espero que lo haga
porque eres un compañero perezoso.”
Nunca más se hablaron. Allí terminó su amistad.
La moraleja es: si quieres ayudar a tu amigo, hazlo
de forma que luego no recaigan sobre ti sus responsabilidades.
No se me había ocurrido eso. Es una moraleja muy sabia. No deseo cargar con las responsabilidades
de mi hermana y de su marido. Pero dime, tú que prestas dinero a tanta gente: ¿acaso los que te
piden dinero prestado no te lo devuelven?
Maton respondió: Cuando presto dinero -Exijo una garantía de cada persona a quien presto dinero y la dejo en el cofre hasta que me
devuelven el dinero. Cuando lo hacen, se la devuelvo pero si no lo hacen, este depósito me recordará
siempre a aquél que me ha traicionado.
Había un collar de bronce encima de una tela de color escarlata. Maton tomó la joya y la acarició con
cariño.
-Esta prenda siempre estará en mi cofre porque su propietario está muerto. La conservó
cuidadosamente y me acuerdo mucho de él porque era un buen amigo. Hicimos muy buenos
negocios juntos hasta que trajo a una mujer del Este, que no se parecía en nada a nuestras mujeres,
con la que se casó. Una criatura deslumbrante. Malgastó todo su oro para colmar todos los deseos de
ella.
Ahora te voy a contar otra historia diferente.
Buscó un anillo esculpido en un hueso de buey.
-Esta joya pertenece a un granjero. Yo compro las alfombras que sus mujeres tejen. Los saltamontes
devastaron sus cosechas y sus trabajadores no tenían nada que comer. Le ayudé y a la cosecha
siguiente, me devolvió el dinero. Más tarde volvió a visitarme y me dijo que un viajante le había
hablado de unas extrañas cabras que había en unas tierras lejanas. Tenían el pelo tan suave y fino
que sus mujeres podrían tejer las alfombras más bellas que se hubieran visto jamás en Babilonia.
Quería poseer ese rebaño pero no tenía dinero. Así que le presté el oro necesario para el viaje y la
compra de las cabras. Ahora ya tiene su rebaño y el año que viene, voy a sorprender a los amos de
Babilonia con las alfombras más caras que nunca hayan tenido la oportunidad de comprar. Pronto le
devolveré el anillo. Insiste en devolverme el dinero rápidamente.
-Me has contado muchas historias interesantes pero no has contestado a mi pregunta. ¿Debo o no
debo prestar las cincuenta monedas de oro a mi hermana y a su marido? ¡Tienen tanto valor para
mí!
-Tu hermana es una mujer valiente y le tengo mucha estima. Si su marido viniera a verme para
pedirme cincuenta monedas de oro, le preguntaría para qué iba a emplearlas.
Sigo alejándome de tu pregunta, Rodan, pero escucha mi respuesta: guarda tus cincuenta monedas
de oro. Son la justa recompensa de tu trabajo y nadie puede obligarte a compartirlas, a menos que lo
desees. Si quisieras prestarles para que te dieran más oro, deberías hacerlo con precaución y en sitios
distintos. No me gusta ni el oro que duerme ni tampoco los grandes riesgos.
Deseo que mi excedente de oro trabaje para los demás y así me aporte más oro. No me quiero
arriesgar a perder mi oro porque he trabajado mucho y me he privado de muchas cosas para
ahorrarlo. Así que no voy a prestarlo a quien no merezca mi confianza y me asegure que me será
devuelto. Tampoco lo prestaré si no estoy convencido que los intereses de este préstamo me serán
devueltos rápidamente
Ahora tú, Rodan, posees el oro que podría producirte más oro. Estás muy cerca de convertirte, como
yo, en un prestamista de oro. Si conservas tu tesoro, te aportará generosos intereses; será una fuente
abundante de placeres y será provechoso para el resto de tus días. Pero, si lo dejas escapar, será una
fuente tan constante de penas y lamentos que nunca lo olvidarás.
¿Qué es lo que más deseas para el oro que contiene tu bolsa de cuero?
-Guardarlo en un lugar seguro.
Has hablado con sensatez -respondió Maton en tono de aprobación. Tu primer deseo es la seguridad.
¿Crees que bajo la custodia de tu cuñado estará seguro y al abrigo de cualquier pérdida?
-Me temo que no porque no es prudente en su forma de guardar el oro.
-Entonces, no te dejes influir por los estúpidos sentimientos hacia cualquier persona que te llevan a
confiar tu tesoro.
Así que no te dejes influir por los planes fantásticos de hombres imprudentes que piensan que saben
la forma de hacer que tu oro produzca extraordinarias ganancias. Son planes forjados por soñadores
inexpertos que no conocen las leyes seguras y fiables del comercio.
Intenta asociarse con hombres hábiles y emprender negocios cuyo éxito esté asegurado para que tu
tesoro salga ganando y esté en lugar seguro gracias a vuestra astucia y experiencia.
Cuando Rodan quiso agradecerle su sabio consejo, éste no le escuchó y dijo: El regalo del rey te
procurará mucha sabiduría. Si guardas las cincuenta monedas de oro, tendrás que ser discreto.
Tendrás tentaciones de invertir en muchos proyectos. Te darán muchos consejos. Tendrás muchas
oportunidades de obtener grandes beneficios. Antes de prestar ninguna moneda de oro, tienes que
asegurarte de que te será devuelta. Si quieres más consejos, vuelve a visitarme. Te los daré
gustosamente.
Antes de irte, lee lo que grabé en la tapa del cofre. Se puede aplicar tanto al prestamista como al que
pide el dinero prestado.
Vale más prevenir que curar
“VALE MÁS PREVENIR QUE CURAR”
Esta frase se refiere a qué es mejor prevenir algo que curar el daño causado, aquí en este capítulo podemos ver un claro ejemplo de esta frase, podemos observar que Rodan le pidió un sabio consejo a Maton, sí Rodan no hubiera pedido ese consejo, quizá hubiese prestado todo su dinero y perdería todo lo que tenía, así que es mejor prevenir el daño porque es muy difícil de curar.
Y en el ámbito de un negocio, nosotros tenemos que estar conscientes de que sea una buena inversión y que no nos defraudarán, es mucho mejor siempre estar prevenidos de cualquier obstáculo que se nos atraviesa.
“VALE MÁS PREVENIR QUE CURAR” es adoptar recursos necesarios para solucionar cualquier problema que se nos atraviese.
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